
Había llegado su hora, y él lo sabía. ¿Por qué…? ¿Por qué vacilaba? ¿Por qué se le hacía tan largo y más largo deseaba que fuera? Nunca había tenido miedo a la muerte. En ocasiones se podía incluso decir que la anhelaba… Y ahora que llegaba el momento, luchaba. Era culpa suya y no quería reconocerlo. Lo sabía y no podía aceptarlo. Si hubiera sabido encajar su pasado y dejarlo en el pasado todo esto no hubiera pasado… Y ahora la mujer que más amaba en el mundo estaba delante de él, apuntándolo con un arma. Y es que había bajado la guardia. Había dejado que algo que en otra época no le hubiera afectado lo más mínimo, lo penetrara de esa manera… ¿Y para qué? ¿Para que tan sólo fuera una compinche de la mafia que llevaba años tras él por encerrar a su Don?
- Dime una cosa…-pidió él.
- No sé si te has percatado, pero no estás en condiciones de pedir nada salvo clemencia… Y no pienso dártela, así que ahorra saliva.-contestó duramente la mujer.
-… Por favor… Sólo esto y luego podrás matarme.-pidió él, sintiendo una humillación que nunca había sentido.
-… Adelante.-concedió ella, entornando la vista. En los dos años que habían estado conviviendo nunca lo había visto así… En cualquier caso… ¿Qué importaba?
- ¿Me… estás diciendo… que en estos dos años no has sentido nada por mí?
- Absolutamente nada.-contestó fríamente.
- ¿Nada de nada?-insistió él.
- Nada de nada.-continuó ella, manteniendo su postura.
- Entonces…-continuó él, sonriendo cínicamente, aun sabiendo la posición tan delicada en la que estaba.- ¿Por qué llevas puesta la camiseta que te regalé?
Esto pilló desprevenida a la mujer, quien comenzó a ponerse nerviosa:
- So-solo me gustó. Nada más…-respondió como pudo.
- ¿Por qué tartamudeas?-continuó él, atacando. Quizá si podía aplazar el juicio final.
- ¿¡Cómo!? ¡Estamos en Siberia! ¡A más de -15º! ¿Cómo coño quieres que no tartamudee de frío?-contestó ella de forma brusca, intentando tapar el agujero que había dejado al descubierto.
Pero él no era un idiota. Había visto una oportunidad y la iba a coger.
- Yo sí sentí algo por ti. No algo… Mucho. Te quise como no había querido ni a mi propia familia. Te antepuse a mi propia seguridad… ¡TE AMÉ! ¿Y me dices que fue en vano? ¿¡Que no sentiste nada por mí!? ¿Me estás diciendo que te salvé de aquellos indeseables y mantienes una postura igual de fría?
La mujer notaba como cada palabra era como una puñalada helada hundiéndose en su estómago, pecho y garganta. Pronto recobró la compostura y contestó en voz baja, mirando al gélido suelo, para que sus ojos no descubrieran la verdad.
- ¿Cómo podría sentir algo por ti, amarte, como tú dices, cuando has sido tú el que mandó a mi padre a la cárcel, cumpliendo cadena perpetua?-la mujer estaba conteniendo las lágrimas. No podía dejar que aquél hombre notara nada.- Ahora… hay un nuevo Don. Mucho más cabrón. Y no es la única vez que la “Justicia” la caga. Mis órdenes son: “Mátalo o muere”. Ser hija del “antiguo Don” no te salva.
El hombre tan sólo guardó silencio. Ahora, las lágrimas contenidas de la mujer corrían por sus mejillas.
- Me haces elegir entre mi vida y la tuya. Me conoces y sabes que generalmente no soy egoísta… Pero mi vida es mía. Yo no tengo instintos suicidas como tú. Quiero mucho a mi familia... Mis padres, mi único hermano pequeño… También tengo amigos. Y sinceramente… No es que crea que mi vida sea mejor que la tuya… Es que lo es.-la mujer comenzó a recobrar fuerzas y a hablar con más seguridad en la voz.- Te dedicas a cazar “basuras humanas” como nos llamas porque te aburres, porque no sabes qué hacer con tu vida. Desgraciadamente tuviste un mal pasado el cual te hizo desconfiar de la gente pero eso no te tiene que marcar para los restos y has permitido que así sea.
El hombre se disponía a replicar que ella no tenía ni idea, que no podía hablar, pero la mujer continuó.
- Me preguntas que si no sentí nada por ti… La respuesta es sí. Durante estos dos años te he querido más que a nada en el mundo pero tú no me lo has reconocido. Nunca hubo una mísera muestra de afecto. Yo te decía “te quiero” y tú solo continuabas haciendo lo que quisiera que estuvieras haciendo, o contestabas con un simple “ajam…”
- ¡Pero lo que cuentan son los actos! ¡Los hechos!-replicó él.
- ¿¡Qué hechos!? “Salvarme” de aquellos tíos. ¿Y qué más? ¿Alguna vez me has llevado el desayuno a la cama? ¿Alguna vez me has despertado con un beso, por las mañanas, mientras el sol de mediodía entra por la ventana?
- …… Cada uno tenemos nuestra manera de amar… La mía es en silencio… En la sombra, asegurarme de que nadie puede hacerte nada porque me da miedo que te pase algo porque entonces sí que no me quedaría nada para vivir.
Sin previo aviso… El hombre se acercó a ella y la abrazó… Contra todo pronóstico… Ella enterró la cara en su mata de pelo azabache.
- Te quiero… Mirta.-dijo entonces el hombre.
- “Ajam…”-imitó Mirta.-…Julián.
Dos disparos sonaron entonces. Julián sintió una puñalada de dolor en el hombro y apartó a Mirta mirándola fijamente. Ella no podía haber sido… El arma había estado presionada sobre su estómago, no sobre el hombro. Se fijó más detenidamente y… ¡Ella tenía un balazo en la cabeza! Julián vio el puntero rojo de un francotirador sobre el pecho y, ésta vez sí, sólo esperó. Dejó a Mirta en el suelo y extendió los brazos, esperando el juicio final. Al fin llegó, de forma súbita, el hombre cayó al lado de la que él consideraba y quería seguir considerando… su “amada.
Ambos cadáveres permanecieron allí por la eternidad, eternamente unidos. Era una zona tan desolada de Siberia que nadie se acercaba más de lo necesario.
